CONVOCATORIA AL SEGUNDO CONGRESO AMERICANO MISIONERO


Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación
para todos los hombres
(Tito 2, 11)


Introducción
1. El 3 de octubre de 1999, en la ciudad de Paraná (Argentina), durante el Primer Congreso Americano Misionero, Guatemala fue elegida para ser la sede del Segundo Congreso Americano Misionero (CAM2) equivalente al Séptimo Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA7). Alegres y temerosos asumimos este compromiso seguros de contar con el apoyo incondicional de las Iglesias hermanas de América Central.

Al comenzar el año de tan importante celebración, en representación de los Obispos de Guatemala, saludo en el Señor Jesús, al Pueblo de Dios que peregrina en América y de manera particular a sus pastores y los invito a la preparación inmediata y a la celebración del Congreso.

Fieles a la misión de Jesucristo
2. En la plenitud de los tiempos el Padre envió a su Hijo, nacido de mujer (cf. Gal. 4, 4). Este acontecimiento es signo de que el mundo y nuestra historia están fundados en un singular designio de amor: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

Este envío que el Padre nos hace de su Hijo, se prolonga a través del tiempo en la efusión del Espíritu Santo, que el Hijo pide al Padre a favor nuestro. "Yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito que estará siempre con ustedes" (Jn 14, 16). Jesucristo mismo para cumplir el designio de amor del Padre y hacer de la historia un tiempo de amor y de gracia, envió a sus discípulos a ser testigos del Evangelio, tal y como Él había sido enviado por el Padre, infundiendo en ellos el Espíritu: "Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes... Reciban el Espíritu Santo" (Jn 20, 21.22).

A partir de la pascua, Cristo resucitado dio a sus discípulos la misión de proclamar a todas las naciones lo que Él les había enseñado, de anunciar la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47-49) y de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt. 28, 19): "Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con las señales que la acompañaban" (Mc 16, 20).

Todos los que desde entonces creen en este mensaje y lo ponen por obra forman la Iglesia, son luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13.14).

El camino misionero de la iglesia
3. Hace más de quinientos años llegó a estas tierras americanas el Evangelio de Jesucristo, con el conocimiento explícito de su persona y de la Iglesia, para suscitar la fe que lleva a la salvación. Recibimos y acogimos el don de la salvación para el logro de una vida más humana ahora y la esperanza de la vida con Dios para siempre. Además el encuentro con el Evangelio llevó a su plenitud aquellos signos de preparación evangélica que dispuso el Espíritu en cada cultura.

Hoy como ayer la tarea de la evangelización es urgente. Los caminos del Reino de Dios siguen reclamando las manos y los pies de mensajeros y mensajeras que en cualquier lugar del mundo sean testigos de la Palabra de Dios.

Cada uno de los bautizados y bautizadas tiene la misión de hacer resplandecer el Evangelio en todo tiempo y lugar, rechazando y denunciando todo cuanto atente contra la dignidad de los hijos e hijas de Dios: violencia, injusticia, opresión, explotación.

Muchas situaciones humanas necesitan redención y exigen de nosotros una defensa decidida de la vida, la libertad, los derechos humanos, la construcción de la paz, la promoción de la reconciliación, la verdad y el amor. Por ello, debemos seguir proclamando el Evangelio de Jesucristo en nuestros pueblos y ciudades, a lo largo y ancho del Continente.

A cumplir esta tarea nos impulsa y nos inspira el testimonio de santos, santas y mártires de América, como Rosa de Lima, el Hermano Pedro de San José Betancur, Juan Diego, Toribio de Mogrovejo, Pedro Claver, Ezequiel Moreno, Miguel Febres Cordero, Martín de Porres, María de Jesús Sacramentado Vanegas, Marguerite Bourgeois, Francisca Javier Cabrini, Kateri Tekakwitha, Encarnación Rosal, María Romero, Teresita de los Andes, Laura Vicuña, y de los santos misioneros Roque González, José de Anchieta, Junípero Serra, Felipe de Jesús, Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros.

Características de nuestra acción misionera
4. Cada Iglesia particular y cada época realiza la tarea misionera desde unos condicionamientos culturales e históricos ineludibles. Por eso, la tarea misionera desde estas tierras centroamericanas está marcada por ciertos rasgos que caracterizan nuestra manera de vivir el Evangelio y de ser Iglesia. Queremos ser testigos del Evangelio de la vida desde la pequeñez, la pobreza y el martirio.

Desde la pequeñez
No somos grandes ni en número, ni en recursos, ni en tamaño. Porque somos pequeños confiamos en Dios. Creemos que el éxito de la tarea misionera será el que Dios quiera darle. Hacemos nuestras las palabras del Apóstol Pablo: "Me presenté ante ustedes débil, asustado y temblando de miedo. Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes se fundara, no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios" (1Cor 2, 3-5). Asumimos los desafíos y los retos, los problemas y dificultades que se presentan en la realización de la misión, con la convicción de que Dios llevará a término la empresa misionera. "No cuentan ni el que planta ni el que riega; Dios, que hace crecer, es el que cuenta" (1Cor 3, 7).

Desde la pobreza
Como evangelizadores, somos conscientes que "este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros" (2 Cor 4, 7). Efectivamente, los medios y recursos humanos, sean financieros, técnicos o de personal que otras Iglesias y en otros tiempos pudieron poner al servicio de la misión, ya no están a nuestro alcance. Queremos seguir siendo apóstoles de Jesús desde nuestras humildes y sencillas posibilidades. Damos lo que hemos recibido: entregamos nuestra fe y nuestra alegría. Por eso, la misión que podemos impulsar desde América Central se funda en la espiritualidad de la pobreza y la llevan a cabo hombres y mujeres que no tienen otros recursos para el anuncio del Evangelio que un corazón sincero, lleno de fe y esperanza, manos generosas para compartir y pies presurosos para transmitir con urgencia la Palabra del Señor, verdadero don de Dios para todos los pueblos.

Desde la experiencia y el testimonio del martirio
Finalmente realizamos la misión desde el martirio. Nuestras Iglesias particulares de América Central, y especialmente las de Guatemala, están marcadas por una historia reciente de persecución y martirio. Son decenas los sacerdotes, religiosos y religiosas que han entregado su vida por su fe o por ejercer su ministerio, son centenares los laicos que han arriesgado y ofrecido su vida por ser apóstoles o simplemente por ser cristianos. Esa historia marca nuestra actitud misionera de tal manera que la memoria de tantos testigos de la fe nos motiva en el trabajo pastoral y nos fortalece para estar siempre alegres en el Señor. "Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía. Alégrense y regocíjense, porque será grande su recompensa en los cielos" (Mt 5, 11-12). Quien ha fundado el valor de su vida en la amistad con Dios, está dispuesto a darla y no teme a los poderes de este mundo ni a las incertidumbres de la historia. El verdadero mensajero del Evangelio pone su alegría sólo en el Señor. "Alégrense porque comparten los padecimientos de Cristo, para que también se alegren gozosamente cuando se manifieste su gloria" (1Pe 4, 13).

La misión ad gentes de nuestra Iglesia.
5. Las Iglesias particulares del Continente americano son conscientes que la Iglesia de Jesús "es misionera por su propia naturaleza" (cf. AG 2). La participación activa en la misión universal es tarea y condición de nuestra fidelidad y pertenencia a la Iglesia.

Desde hace tres años, en América Central, nos preparamos con la oración, la reflexión y la organización para asumir mayores compromisos de evangelización, dentro y fuera de nuestras fronteras (cf. SD 295, Puebla 368). Estamos convencidos que "es la hora misionera de América" (SD 295), hora de gracia y de bendición para nuestras Iglesias. Queremos asumir este reto irrenunciable desde la pobreza de personal evangelizador y desde nuestra limitación de recursos (cf. Puebla 368; AG 20), pero sobre todo desde la riqueza del don de la fe cristiana, recibido hace más de quinientos años.

Hoy, en los comienzos del tercer milenio, ante la inmensa mayoría de personas, hermanas y hermanos nuestros, que aún no conocen a Jesucristo como Salvador, nos urge su palabra que nos invita a levantar la vista para darnos cuenta que la mies es mucha y los obreros pocos (cf. Jn 4, 35; Mt 9, 37-38). "Las Iglesias particulares de América están llamadas a extender su impulso evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y comunicarlo a aquellos que todavía lo desconocen" (EinA 74).

Las necesidades de nuestras Iglesias locales son apremiantes, pero la urgencia de la misión universal ad gentes es todavía mayor; debemos asumirla con valentía e introducirla como elemento primordial en la pastoral orgánica de nuestras Iglesias particulares (cf. RMi 83; SD 128), siendo así que la misión es la causa prioritaria de la Iglesia y el primer servicio a la humanidad (cf. RMi 2, 34).

Sabemos que la gracia de la renovación de nuestras comunidades pasa por un mayor compromiso en la misión universal (cf. AG 37; SD 295), sabemos también que el santo es el verdadero y mejor misionero (cf. RMi 90), pues, la misión nace de la contemplación y vivencia interior del misterio de Dios, por eso contemplando a Cristo a quien amamos, oímos sus palabras: "Rema mar adentro" (Lc 5, 4; cf. NMI 58).

Convocatoria
6. Apoyados en estas motivaciones, en nombre de la Conferencia Episcopal de Guatemala, consultados los presidentes de las Conferencias Episcopales de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador, convoco el Congreso Americano Misionero (CAM2), equivalente al Séptimo Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA7), que se celebrará en la Ciudad de Guatemala del 25 al 30 de noviembre del presente año 2003. Queremos que los niños y jóvenes se sientan invitados de modo especial.

El Congreso tendrá como objetivo animar la vida de las Iglesias particulares del Continente para que, desde su experiencia evangelizadora, asuman responsable y solidariamente el compromiso de la misión ad gentes. Iglesias que se comprometan arduamente para que con el anuncio del Evangelio de Jesucristo, cambien profundamente los corazones de las personas y las estructuras sociales, económicas y culturales, de modo que los valores de verdad, justicia, amor y libertad, sean los pilares de la paz verdadera que América necesita (cf. Juan Pablo II Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por la Paz, enero 2003).

Por tanto, durante el Congreso se tratarán aquellos temas que traigan a la mente de los participantes que la misión es el anuncio del Evangelio de la vida.

Conclusión
7. El Papa Juan Pablo II nos ha invitado al rezo contemplativo del Santo Rosario durante el presente año. Encarecemos a los enfermos, los ancianos y los niños unir a la oración del Rosario los trabajos de preparación del Segundo Congreso Americano Misionero. Confiamos igualmente, el éxito de este Congreso a la oración de todos los fieles de la Iglesia en la tierra y a los santos y santas de América que alaban a Dios en el cielo.

María de Nazaret, primera evangelizadora que llevó el anuncio del nacimiento del Salvador a la madre del Precursor, y que en los comienzos de la evangelización del Continente visitó nuestra tierra bajo el nombre de Santa María de Guadalupe, interceda también ahora para que en todos nosotros crezca el ardor para anunciar a Jesucristo a quienes todavía no lo conocen, no solamente entre los habitantes de América, sino también entre los pobladores de otras regiones del mundo.

Guatemala de la Asunción, 2 de febrero de 2003
Fiesta de la presentación del Señor

Mons. Rodolfo Quezada Toruño,
ARZOBISPO METROPOLITANO DE GUATEMALA
PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GUATEMALA